7/27/2011

Alfonso Ugarte



El corazón de los peruanos guarda nítidamente la imagen: un joven que enarbola la bandera bicolor y, montado en un brioso caballo blanco, se lanza al mar desde la cima del morro y consigue así impedir, en un acto de desesperado heroísmo, que el pabellón nacional sea ultrajado.

Quizás esa escena nunca haya ocurrido, pero los héroes habitan el país de siempre y ahora, y Alfonso Ugarte reunía todos los requisitos para convertirse en ciudadano de ese territorio, de modo que la indeleble metáfora colectiva seguramente lo retrata mejor que cualquier biografía terrena.

Con todo, bueno es saber que Alfonso Ugarte Vernal había nacido en Tarapacá el 2 de agosto de 1847, en el seno de una familia acaudalada y que luego de estudiar en Valparaiso se dedicó con gran éxito a las actividades mercantiles. Precisamente, por descansar de los negocios, el joven Ugarte, que había llegado a ser alcalde de Iquique en 1876, se disponía a tomarse unas vacaciones en Europa, cuando le llegó la noticia de que Chile le había declarado la guerra al Perú.

No dudó un momento en suspender su viaje. Con sus propios recursos organizó el batallón Iquique N° 1, del que fue nombrado coronel, y se aprestó para la lucha. Participó, el 19 de noviembre de 1879, en la batalla de San Francisco; también en la retirada hacia Tarapacá y en la batalla de este nombre el 27 de Noviembre, en la que recibió una herida en la cabeza. Asignado a la guarnición de Arica, se negó a abandonar su puesto no obstante padecer de fiebres.

Luego de la derrota del Alto de la Alianza, el 26 de mayo de 1880, y ocupada Tacna, Arica quedó como único bastión peruano en el sur. Alfonso Ugarte comandaba la octava división, compuesta por 529 hombres distribuidos en los batallones Iquique y Tarapacá, este último al mando del teniente coronel Ramón Zavala, joven de 27 años y rico salitrero, quien, al igual que Ugarte, había armado esa tropa a su costa. Durante los días previos a la batalla, la atmósfera en la sitiada guarnición era tensa, pero decidida, incluso cuando ya se sabía que el tan esperado auxilio no acudiría. Alfonso Ugarte no se hacía ilusiones; el 5 de junio le escribió a su primo Fermín Vernal: "Estamos resueltos a resistir con toda la seguridad de ser vencidos pero es preciso cumplir con el honor y el deber"

La octava división debía defender el sector norte por donde se esperaba el asalto chileno, pero cuando se vio que el principal ataque venía del este, Alfonso Ugarte recibió órdenes de reforzar ese flanco. El enemigo, sin embargo, ya había avanzado demasiado y sólo unos pocos defensores pudieron replegarse hacia el morro. 

Lo más probable es que el héroe haya muerto peleando en la cima, cerca del coronel Francisco Bolognesi, pero luego del combate la soldadesca vencedora arrojó al mar los cadáveres de rnás de trescientos defensores peruanos, y el de Alfonso Ugarte, por el que su madre había ofrecido una recompensa de mil pesos, sólo fue identificado el día 14 de junio y sepultado un día después en el cementerio de Arica.

Joven, rico, apuesto, Alfonso Ugarte lo dejó todo por amor a la patria. Es posible que al morir ni siquiera pensara en la gloria, pero el Perú, reconociéndolo instantáneamente como uno de sus hijos preferidos, lo recompensó con un hermoso salto a la eternidad.

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