7/03/2009

El dueño del triciclo

Por Juan César Flores

En la esquina entre San Camilo y Arias y Aragüez hay un triciclo repleto de caramelos, galletas, cigarrillos, bombones, chicitos, gaseosas, turrones, chicles, refrescos en cajitas y, en fin, toda clase de golosinas. Sentado en una banca de madera, hojeando un periódico, está el dueño. Para asegurarse una posición cómoda ha puesto un pie sobre una caja de gaseosas. Son casi las cinco de la tarde y aún hace mucha calor.

Deja ahora el periódico sobre la montura del triciclo para atender a un cliente que parece desear comprar —es lo que parece desde mi posición— una cajetilla de cigarrillos. En efecto, el cliente coge la caja y extrae uno, pide fuego y el dueño le proporciona un encendedor. Tras expulsar una bocanada, que el viento deshace en remolinos, el cliente avanza por San Camilo y se pierde a lo lejos.

El dueño deposita el dinero en el bolsillo, acomoda un poco la mercadería, coge el periódico, torna a la banca y vuelve a colocar el pie sobre la caja.

Desde hace más de una hora, como honda expansiva, cuyo epicentro se halla en el estadio, ubicado a dos escasas cuadras de aquí, llega a mi oído el griterío, el estruendo de alguna hinchada. Imagino al Bolo y al Universitario destripándose a puntapiés. Pero ahora, en este instante, todo parece estar en calma. Aunque se trate tan solo de una apariencia. Porque, de pronto, oigo un rumor difuso, apenas perceptible al inicio, pero que poco a poco crece, crece. Desde el balcón, asomo la cabeza en dirección del estadio. Sus puertas vomitan un mar de gente que avanza en todas direcciones, en muchedumbre compacta. “El partido ha terminado”, pienso. El gentío sigue avanzando, toma las calles, se desparrama. Ahora se aproximan y puedo verlos mejor. Es una turba de jóvenes, muchos de ellos con pinta de pandilleros, de vagos, de rufianes; unos con polera y otros con el torso descubierto. Hablan en voz alta, vociferan, se insultan, los rostros sudorosos, los abdómenes cicatrizados y los miembros tatuados. Algunos portan aretes. La marejada humana, ¿humana?, continúan avanzando en dirección a la avenida Leguía.

Cuando ya están cerca de San Camilo, el dueño los siente llegar. Nervioso, se ha puesto de pie. Demasiado tarde. Dos, tres, diez jóvenes han rodeado el triciclo. Ahora son casi veinte, treinta. El dueño está desesperado, le faltan ojos para vigilar su mercadería. Discute con uno de ellos mientras otro ha cogido un puñado de galletas y huye. En un segundo, alguien ha derribado al dueño y ahora lo patea.

Cual hienas hambrientas, decenas se han precipitado sobre el triciclo y ahora lo saquean. Es una loquerío increíble: cogen, arranchan, arañan todo lo que pueden, se arrebatan entre ellos. Las golosinas vuelan de aquí para allá, se derraman en el suelo, pisoteadas. Uno de los rapaces se aleja apoyando contra su pecho cinco botellas de gaseosas. Otro, a pocos metros ha empezado a devorar los bizcochos.

En fin, en breve, de la mercadería, no queda nada. Hace rato ya que el dueño ni siquiera a osado defenderse. Un hilillo de sangre se arrastra por el labio superior, desde la nariz.

Cuando finalmente la masa se ha alejado, el hombre coge la banca, comprueba que le falta una pata, la arroja furibundo, se sienta al borde de la vereda, agacha la cabeza y llora.

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